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Sonny Rollins en el Festival de Jazz de Barcelona

Enrique Turpin By

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Sonny Rollins
42 Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona
L'Auditori
3 de noviembre, 2010

Sonny Rollins llegó a Barcelona para triunfar. Siempre vino a lo mismo, pero no lo logró en todas las ocasiones. Esta vez sí ocurrió, ya desde el mismo instante en el que se anunciaba que iba a ser reconocido con la medalla de oro del 42 Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de la ciudad. Con el aforo completo de L'Auditori, el octogenario saxofonista daba escuetamente las gracias, a sabiendas de que a su regreso al escenario minutos más tarde, ya junto al resto de su quinteto, iba a dar comienzo una de las fiestas musicales que habrá de ser alojada en la memoria junto a la que en septiembre tuvo lugar en el Beacon Theatre de Nueva York, a pesar de que aquí no se pudo contar con la presencia de muchos grandes del jazz como estrellas invitadas.

Hubo inquietud, todo hay que decirlo, porque el adjetivo que hace más de medio siglo acompaña al músico a modo de lugar común no se dejaba verbalizar: el colossus no lo parecía. La majestuosidad se volvía esfinge tambaleante. Pero solo bastó que Rollins acercara el saxo a su boca para hacer evidente que lo que mantiene en pie el arte de su toque no guarda relación alguna con la erosión que el tiempo ha infligido a su físico, otrora imponente.

La velada daba inicio con "Patanjali," un tema nuevo que adelantaba la línea que recorrería el concierto, primero de la gira europea del octogésimo aniversario de Rollins. Resultaba curioso observar el modo en que el líder buscaba su espacio, reorientando sus pasos y su postura hasta acabar entablando un diálogo locuaz con el suelo. Paradójicamente, cuanto más acercaba el saxo a sus zapatos, más cerca estaba del cielo. Se diría que utilizaba la tarima del escenario como caja de resonancia para alcanzar las alturas.

Que logró llegar muy arriba, de eso no hay duda. Tal vez tuvo algo de responsabilidad en ello el que su cabellera pareciera una electrificadísima bola de Tesla, y lo cierto es que el ambiente presagiaba tormenta tropical. Hubo que esperar al ataque de "Don't Stop the Carnival," uno de sus temas setenteros, para que la tormenta pasara a huracán de sabiduría musical y poderío escénico. Rollins controla como nunca las armas de las que dispone. Logra en diez minutos lo que a otros les lleva toda una vida conseguir, con suerte: hacer de una nota un mundo, perdurar en el tiempo. Entre ambos temas se colaron rendidas lecturas de "Nice Lady," con las tumbadoras de Sammy Figueroa en pleno rendimiento, o bien un "In A Sentimental Mood" con el que Peter Bernstein hizo olvidar la guitarra de Russell Malone (lástima que el bajista Bob Cranshaw no estuviera a la altura del resto del grupo; desde luego, no se ofrece como mejor opción para el sonido al que aspira su líder y amigo).

Tras el blues de "Serenade" vino el swing de "Nishi," y en ambos casos la música dibujaba sonrisas por doquier al tiempo que movía a la reflexión, en la certeza de que un calipso bien tocado sana más que diez docenas de visitas al diván. "St. Thomas," el buque insignia de Rollins, se coló de rondón entre las notas de "Don't Stop the Carnival" y la fiesta se traspasó al patio de butacas. Hora y media en la que no existió nada más que cinco hombres ofreciendo enseñanzas de vida. Y como les ocurría a los poetas de la antigua Grecia, Sonny Rollins se mostró un ser inspirado por los dioses, un ser entusiasmado (en-theos), ungido por el genio, y feliz. Llegó, tocó y triunfó. El escritor inglés Philip Pullman ha recordado que hay una alegría implícita en reconocer que lo que estamos haciendo en este mundo lo hacemos al máximo de nuestras capacidades. El anciano saxofonista vive en ese estado de felicidad, y sabe además lo que es bueno y verdadero. Algunos tomaron nota para el futuro.

Fotografía: Ricard Cugat

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