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Danilo Pérez: la aventura del momento

Joan A. Cararach By

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Al otro lado de la pantalla (gracias, Skype), aparece Danilo Pérez (Pueblo Nuevo, Monte Oscuro, 1965). Sonriente, comunicativo, afable, interrumpe de vez en cuando la conversación para ir presentando a las personas que pasan por su despacho en el Berklee College of Music. El pianista panameño acaba de regresar a los escenarios tras una lesión en el tendón de Aquiles que lo tuvo en reposo casi medio año. Lo hizo en el pasado Detroit Jazz Festival, donde también se anunció que había firmado con la discográfica Mack Avenue, y ahora se prepara para la gira con Wayne Shorter, que le lleva a Europa del 27 de octubre al 14 de noviembre. Barcelona, el día 28, va a ser la única escala española del considerado unánimemente uno de los grupos faro del jazz actual, por no decir de la historia. Antes, el 15 de octubre, recibirá en Washington el Premio Legacy 2009 otorgado por la Smithsonian Institution.

Un cuarteto galáctico

"Wayne me ha enseñado a ir a sitios desconocidos," explica Pérez. "No hay principio ni final, la única constante es el cambio, ésa es una de las grandes lecciones que he aprendido con él. Que nuestra identidad no es estática, se va transformando, se va mutando." Pero las enseñanzas de Shorter no han sido sólo musicales: "No, claro que no. Hemos aprendido a celebrar la vida. He aprendido comunicación, respeto, discliplina. Uno toca como uno desea y sueña que sea este mundo. Me ha ayudado a ir más allá de la misma música, en mi compromiso social. Si uno tiene esta oportunidad, es un compromiso de por vida."

Pérez llegó a Shorter gracias a una recomendación de la batería Terri Lyne Carrington. "Ella me presentó durante una competencia Thelonious Monk. Wayne estaba grabando el disco Alegría, y me convocaron al estudio." Sin guión previo. "Es un personaje muy misterioso, muy especial, no se puede leer a primera vista. Tenía una pieza, y me dijo: '¿Puedes echarle agua a estos acordes?' '¡Dios mío, agua!,' pensé yo. La verdad es que no entendí qué me quiso decir con eso de agua. Pero por casualidad, en un comercial de televisión con jabón, lluvia y agua encontré los intervalos, que eran de quintas, y los traje a la grabación y toqué. 'Muy bien, Danilo —me dijo—, pero el agua tiene que estar completamente limpia, sin lodo,' así que le toqué otro voicing. 'Uau, esto va a ser un viaje,' pensé. Cinco años después me di cuenta de que lo que le sonaba a lodo era una segunda mayor que había en medio de un intervalo de quinta."

El primer corte de Alegría es Sacajawea, y en él se oye la risa, al final, de Wayne Shorter. Acababa de nacer el nuevo Wayne Shorter Quartet, con, además de Pérez al piano, John Patitucci al contrabajo y Brian Blade a la batería (aunque Alegría apareció en el 2003 y hay antes un disco en directo del cuarteto, Footprints live!, publicado en el 2002, Sacajawea fue grabado en el 2000). "Esa risa de Shorter parece decir que encontró a sus galácticos para irse. Su espíritu es el de un niño. Para él, que es un tipo aventurero, la originalidad es el regalo que nosotros le podemos dar a la vida. Él habla mucho de que las tragedias no deben pararnos, porque son temporales, como también las victorias, pero nosotros somos constantes. Hay que tocar lo que uno desea. ésa es su lección: perder el miedo, no dejar que lo que haya preexistido sea una interferencia, sino que te permita volar más alto. Volver a ser niños, volver a los juegos."



Desde niño, cuenta Pérez, jugar y tocar música (que en inglés coinciden en to play) fueron a la par. "Mi papá me enseñó a amar el proceso, a estudiar, a no verlo como una cosa aburrida, a apasionarme ciento por ciento por lo que estaba haciendo. Cuando niño, había clases que no me gustaban, y entonces él me hacía canciones para que estudiara interdisciplinariamente con la geografía, con las matemáticas, con lo que fuera."

Debut sin complejos

Danilo Pérez publicó su primer disco, titulado con su nombre, en 1993 (BMG/Novus). No era un disco usual para un debutante que aún no había cumplido 30 años. Tanto por los sidemen con los que contaba —como Jack DeJohnette y Joe Lovano— como por su repertorio: el disco empieza con un corte titulado Panamá libre e incluye, entre otras composiciones, un bolero como Sólo contigo basta, de Giraldo Piloto y Alberto Vera, una canción de referencia latinoamericana como Alfonsina y el Mar, de Ariel Ramírez y Félix Luna, y un estándar del jazz como Body and Soul. Y para terminar, Skylark, de Hoagy Carmichael (música) y Johnny Mercer (letra), cantado por la voz invitada del disco, Rubén Blades, en inglés. Tal mezcla sin complejos de géneros y orígenes (un bolero cubano convertido en estándar de jazz, un cantante latino interpretando un tótem del cancionero de los Estados Unidos...) demostraba que Pérez no encajaba en la a veces demasiado restrictiva etiqueta latin jazz (en alguna ocasión, puestos a etiquetar su música, él ha sugerido Caribe interior).

"Me gusta el atrevimiento. Me gusta preguntarme por qué eso es así, por qué tiene que seguir así. Mi papá me llamaba 'el niño por qué.' ¿Por qué no se puede tocar a Astor Piazzolla o un bolero con jazz? Son vehículos que uno utiliza, básicamente. Nadie dijo que fueran hechos para ser piezas de museo. Hay unos estereotipos del latino como alguien que no es muy creativo, no muy armónico. Que sí, que es bien rítmico, pero olvídate de la armonía. Pues no, eso es un tópico. Incluso en las historias del jazz sólo se habla del latin jazz de los 40, como si antes no hubiera habido Nueva Orleans y el Spanish Tinge del que hablaba Jelly Roll Morton."

En las notas del disco Pérez describe uno de los cortes, Friday Morning —escrito para Paquito D'Rivera—, afirmando que "la melodía insinúa todas las armonías, como hace Wayne [Shorter] cuando escribe piezas latinas." ¿Premonición? "Bueno, yo nunca me vi tocando con Wayne. Musicalmente hay mucha información que la sentía y la siento demasiado fuera de mi entendimiento. Aunque en cierto modo parte de la experiencia que tengo ahora con Wayne la fui generando a través del atrevimiento que tenía de joven. No tenía miedo a sentarme a improvisar sin tener ninguna estructura, así que te vas reuniendo con gente que te va guiando y te va dando la oportunidad de seguir creciendo."

Un festival con mensaje

Danilo Pérez no rehúye el compromiso. Dirige desde el 2003 el Panamá Jazz Festival, y en el 2005 creó su propia fundación. En la séptima edición, del 11 al 16 de enero del 2010, Pérez anunciará la creación del Global Jazz Institute del Berklee College of Music. "Va a tener su sede en Boston, pero lo vamos a inaugurar en Panamá. Queremos formar a artistas que trabajen de una manera feroz por toda su vida, queremos que la música pueda convertirse en un medio para divulgar los valores de respeto y conocimiento, para construir un futuro con mayor calidad de vida, superando la pobreza material y espiritual que estamos viviendo. Vamos a dar la oportunidad a los jóvenes para que a través del proceso educativo ellos sientan que su talento es necesario, y les daremos las herramientas para que desarrollen valores imprescindibles para una sociedad saludable. Queremos individuos con una perspectiva propia, líderes comprometidos a generar más líderes. Hacerlos responsables de la idea de que la música puede unir una comunidad entera."

Para Pérez, dirigir un festival no es algo distinto a estar en el escenario: "Llevo 24 años trabajando en este proyecto, y la experiencia con Wayne no ha hecho sino consolidarlo, me ha ayudado a unificar y verlo todo como una misma manera de vivir. Para mí, ser director del Panamá Jazz Festival es como tocar en concierto, es otra manera de hacer música, no lo veo separado. Todo lo que yo hago lo entiendo siempre de una manera: la música como cambio social. Empecé muy joven dando clases privadas a muchachos sin recursos, y he visto crecer a personas que no tenían oportunidades e incorporarse a la sociedad. Ha sido una experiencia impactante ver a gente que sobrevive a través de la música."

Música que sana

Porque la música, considera, "cumple con cosas sagradas como la unión, la comunicación entre diferentes culturas, el respeto," y "toca el alma del ser humano a través de los límites de tiempo, espacio y género. El poder terapéutico de la música, el poder de la música para sanar, tiene documentos históricos de mucho tiempo atrás. Y para eso no hay nacionalidades, como no las hay para la medicina. No hay un doctor que te pueda prescribir, por ejemplo, un antibiótico especial sólo para puertorriqueños."



The Journey (BMG Novus, 1994), Panamonk (Impulse, 1996), Central Avenue (Impulse, 1998), Motherland (Verve, 2000) y ...till then (Verve, 2003) documentan el recorrido de Pérez, quien siempre ha mezclado sin problemas la multiplicidad de referencias latinoamericanas con el jazz. De hecho, le gusta cuestionar cosas y abrir puertas. Tanto en la United Nations Orchestra de Dizzy Gillespie ("tremendo honor trabajar con él. Lo que hizo Dizzy por los latinoamericanos ayudó mucho a plantearse la música sin policía de inmigración") como en su aproximación al jazz. "Mi música tiene mucho que ver con el lugar en el que nací. Y en Panamá, cuando yo era niño, no existían formatos de radio: podías escuchar en la misma emisora, en una sola tarde, a Camarón de la Isla, a Mercedes Sosa, a Vladimir Horowitz y salsa. Y también la posición geográfica que mi país ha representado, en medio de tantos mundos, con el canal, hasta influencias hindúes hay. La música refleja el background de cada uno, y yo no he podido escapar de eso."

Latinos en el jazz
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