44 Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona: Paolo Fresu Monvinic Experience

44 Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona: Paolo Fresu Monvinic Experience
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Paolo Fresu Monvínic Experience
44 Voll-Damm Festival Internacional de Jazz de Barcelona
Monvínic
12 de noviembre de 2012

La Carta Blanca de la que Paolo Fresu
Paolo Fresu
Paolo Fresu
b.1961
trumpet
ha disfrutado en la 44ª edición del festival de jazz de Barcelona le abría en esta ocasión las puertas de Monvínic, "the Greatest Wine Bar in the World," a juicio de The Wall Street Journal. Que otros equiparen el recinto con una suerte de Meca dedicada al mundo del vino no parece por lo visto exagerado, con la salvedad de que los feligreses que peregrinan a su surtidísima bodega todavía no son legión. Todo se andará, pues existe una curiosa suerte báquica que hace se le acabe haciendo justicia a cuanto se relaciona con el vino cuando se mima como aquí a esa noble bebida que nutre de esencias la condición mediterránea de lo humano.

A decir verdad, sólo conozco otro recinto que se aproxima a la filosofía que rige en Monvínic, y es el Solar do Vinho do Porto en Lisboa, pero el parangón queda lejanísimo cuando se traspasa el umbral del recinto barcelonés (Diputació, 249): no es sólo que se reactualice el concepto lusitano, amparado allí exclusivamente en una denominación de origen, es que se convierte en un modelo para establecimientos que deseen seguir sus pasos y en academia de saber enólogo para todo aquel que se deje guiar por las artes de Sergi Ferrer-Salat, fundador de Monvínic y director de la Fundación de Música Ferrer-Salat.

El trompetista sardo Paolo Fresu fue el encargado de recrear las excelencias de la selección de vinos que deparaba la tercera de las catas organizadas entorno al festival, recogiendo así el testigo de Kurt Rosenwinkel
Kurt Rosenwinkel
Kurt Rosenwinkel
b.1970
guitar
en la primera edición y de Omar Sosa
Omar Sosa
Omar Sosa
b.1965
piano
en la segunda de ellas. La Paolo Fresu Monvínic Experience contaba en esta ocasión con invitados de alta graduación, por seguir con el símil. Ocho vignerons que siguen con orgullo la ciencia del saber vitivinícola en tierras catalanas, con el añadido ilustrado de Màrius Carol, que iba a trasladar en palabras las esencias y milagros que llegarían tras el descorche. Los ocho elegidos eran, por este orden, el cava Gramona Celler Batlle de 2002, de Jaume Gramona; el Jané Ventura Finca els Camps 2010 (Penedès), de Gerard Jané; el Cal Raspallet Nun Vinya dels Taus 2011 (Penedès), de Enric Soler; el Les Tallades de Cal Nicolau 2010 (Montsant), de Joan Asens Masdeu; el Mas Estela, Vi de Lluna 2007 (Empordà), de Didier Soto; el Saó del Coster, Terram 2010 (Priorat), de Fredy Torres; el Alta Alella Dolç Mataró 2010 (Alella), de Josep Maria Pujol Busquets; y, como cierre, el INO Masia Serra (Empordà), de Jaume Serra.

Bajo la dirección e ideario de Joan Anton Cararach, director artístico del festival, y Sergi Ferrer- Salat, la tercera Monvínic Experience iba a desarrollarse en ocho catas de tres secciones cada una: tras las palabras de los vignerons, con las que daban cuenta de las peculiaridades de cada uno de sus representantes embotellados, le llegaba el turno a Màrius Carol. El periodista y escritor barcelonés se valió de una apuesta casi segura a la hora de vestir las distintas experiencias de cata y las peculiaridades de cada uno de los vinos, al hermanarlos con los personajes shakespearianos que a su parecer les eran más próximos. Por suerte las palabras de Carol fueron algo más un mero atuendo retórico y lograron hacer que el verbo se tiñera de tanino, que los personajes del Bardo Inglés se empaparan del terroir en el que han crecido estos vinos y donde han fraguado sus carácteres. Llegaba entonces el turno a Fresu, que imaginaba los vientos que habían mecido las viñas de los seleccionados, las ilusiones de sus creadores, los fragores geológicos que han condicionado la crianza de la uva, los tropismos que han logrado el prodigio y, en fin, la explosión emocional que trasladó a la trompeta o fliscorno, según se impusieran unas esencias u otras en la cata que Fresu había llevado a cabo semanas antes, primero en su casa italiana, luego en el propio Monvínic.

Ocho solos para ocho grandes vinos. Entre los protagonistas de la velada, un puñado de enófilos de mayor o menor calado y condición trataban de coordinar las palabras con la música y con la propia información que les devolvía la copa con cada uno de los vinos escogidos. Parecía como si el lema popular de "ver, oír y callar" se hubiese trastocado por otro repleto de matices e impreso a fuego en toda la sala. Contemplar, escuchar y degustar fue todo lo que uno no se cansó de hacer durante las dos horas largas que duró la cata. Al concluir, uno ya miraba de un modo distinto a los sumilleres de Monvínic, pues empezaba a entender que en su trabajo no cabía nada que no fuera amor y obsesión, paciencia y gusto. Como toda labor profesional, también la suya iba a ser una obra en marcha, sin final posible, puesto que no hay final para el saber, como ya descubriera Sócrates al mundo tiempo atrás.

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